Se acaba de publicar en España Tarántula. Este libro se vende como la primera y única aproximación de Dylan a la ficción literaria, pero en realidad es como coger el grueso de sus letras y leérselo de un tirón. Cuando le dieron al músico el Príncipe de Asturias de las Artes, se reclamó automáticamente de nuevo el Nobel para el de Duluth, pero resulta evidente que le queda mejor el traje de premio de las Artes. Es un maestro de las letras emparentadas con la música, ya se sabe que la poesía tiene su propio ritmo sin necesitar el de los instrumentos. La poesía se escribe para leerla, cosa a parte es que termine siendo musicada.
Bob Dylan tenía 23 años cuando escribió Tarántula. Lo terminó, pero tuvo su famoso accidente de moto en los alrededores de Woodstock y pidió a los editores que pararan la maquinaria de márketing porque el libro sólo se publicaría cuando él lo considerara. Pero era tarde y las copias previas enviadas a periodistas especializados ya estaban siendo leídas y meses después vueltas a copiar a puñados y distribuídas en la clandestinidad. Sólo en 1971 se editó Tarántula con la autorización de Dylan.
A mí este librito me parece una canción de 147 páginas del autor de Like a rolling stone, una especie de Subterranean homesick blue eterno (y mira que la canción me gusta), y repetida y vuelta a repetirla y repetida y vuelta a repetirla. Y encima no he entendido nada. Dylan escribió Tarántula en 1966, el mismo año que parió el mítico Blonde on blonde.
El libro es un paseo empapado en ácido y por culpa de la traducción: sin rima. Yo me he pregunto a menudo cómo se puede leer poesía traducida, qué difícil.
En fin, que Tarántula sólo vale para los fans muy fans que se hagan los que entienden la escritura automática, muy útil, sí, y de la que todos somos muy capaces. Así que, enhorabuena por el Príncipe de Asturias, pero que nadie más pida el Nobel después de haber podido ojear esta maraña de noséqués.

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